HERENCIA – CULTURA

(Publicado en la revista MENSAJERAS EN EL AZUL nº 75 – Noviembre 1957)

Como ya hemos visto, nos vemos llevados a pesar nuestro si queremos mantener una alta calidad o conseguirla, a inclinarnos ante los hechos y a veces hacer consanguinidad, según el término admitido en colombofilia.
La idea de que el cruce da una mayor vitalidad, está aferrada en la mente de numerosos aficionados, y es con todo convencimiento que os hablan de aporte de sangre nueva.
Se ha hecho creer al aficionado que la sangre lleva todas las cualidades deportivas propias de una raza o más bien lo que él llama una raza.
Es una de estas bobadas inútiles de destruir, puesto que son reemprendidas cada semana en la mayoría de los periódicos, grandes vendedores de palomas.
En estas cuestiones hay el aspecto general, aquel que deriva de estudios serios y el del aspecto particular que no deriva más que de convicciones sentimentales. El investigador conserva siempre algunas dudas en el fondo de su mente, al contrario del empírico que es categórico, pero su fe es la más bonita, es la fe del carbonero.
Cuando digo a un colombófilo que necesitará quizá tres años, o sea, tres generaciones antes de ver claro, levanta los brazos al cielo y se horroriza, pero sabemos que para fijar un carácter en cultura pura de manera de limitar la variación al máximo, está reconocido que se necesitan siete generaciones.
Nunca os atreváis a hablar de un término tal a un colombófilo.
Este no tiene, por otra parte, por qué preocuparse de esto, fuera del conocimiento general de estas cosas; pero no se trata para él de sacar veinte cracks cada año de su crack y de su descendencia, podría considerarse un favorecido por los Dioses si puede llegar a sacar dos.
El colombófilo puede eliminar, poco importa que todavía queden algunas palomas sin valor, después de tres generaciones si tiene los conocimientos requeridos para suprimirlas.
Estas cosas el “vulgum pecus” no las admite si es que no llegan de América.
Nuestro problema a nosotros los colombófilos, no apunta a eliminar toda variación, sino a limitar éstas, de modo que las palomas salientes de los acoplamientos sucesivos no varíen más que al interior de los dos extremos, del cual el más bajo corresponda aún a una calidad al menos mediana.
Limitar la variación de las cualidades deportivas de la paloma.
Esto nos lleva a la idea de RAZA PURA.
Está bien a la idea pero no a la práctica, porque es imposible con nuestras palomas producir sujetos suficientes para permitir un control absoluto de las variaciones.
Veamos, no obstante, como nuestros sabios han entendido la idea de pureza, puesto que si no podemos seguirles en el desarrollo de sus ideas, a lo menos podemos inspirarnos de las tendencias que van a enseñarnos y marcarnos.
BLARINGHEM, dice: “Es bastante difícil de adquirir una noción exacta de la palabra PUREZA aplicada a un grupo de seres vivientes”.
Sin duda se sobreentiende por ello, que el grupo no encierra más que individuos de la misma especie, de la misma variedad, escogidos a ser posible en una población homogénea.
Esta definición es insuficiente puesto que no permite afirmar lo que es necesario a nuestro objeto, a saber, que un individuo cualquiera del grupo posee el conjunto de las propiedades, o sea el conjunto de las cualidades hereditarias reconocidas sobre cada uno de ellos.
Lo que equivale a decir: fijar sobre cada individuo del grupo las cualidades alares requeridas para que una paloma pueda alcanzar mayor velocidad en el estado actual de la selección.
Blaringhem enfoca el caso de todas las culturas, ya se trate de bacterias, de plantas o de animales.
Para nosotros el problema es más limitado, ya que lo limitamos a caracteres bien determinados: los once puntos alares.
Limitación que nos ha impuesto la experiencia y que para los “Otracosianos” representa una complicación mucho mayor, llevando a un número mucho más elevado de variaciones.
Igualmente se ha escrito: “Las culturas puras se obtienen por la multiplicación en un medio nutritivo uniforme de grupos de células derivadas de una célula única”.
Y esto concierne a las culturas microbianas y los esquejes.
La partida sobre una sola bacteria, sobre un solo sujeto.
El hecho de que para nosotros no haya procreación sin la reunión de dos individuos, hace que no llegaremos nunca a suprimir la variación como puede hacerse, por ejemplo, por esquejes.
Una observación común que a menudo se cita es que las avenidas de álamos son más regulares y más uniformes que las avenidas de robles y de olmos. La razón es que los álamos de una misma plantación son siempre fragmentos de un mismo esqueje, mientras que el roble y los olmos proceden de semilla, así, pues, del acoplamiento de dos individuos tan parecidos como sean el uno del otro.
Y es así como después de miles y miles de experimentos, escalonados sobre decenas de años ha podido escribirse: en las razas puras la selección no tiene efectos duraderos, las fluctuaciones de la descendencia de los individuos extremos tienen los mismos límites y los mismos máximos que las fluctuaciones de los individuos medianos (Johannsen, 1903).
Estamos lejos, diréis, de nuestra experiencia colombófila, no tanto y debemos enfocar las cosas no como realizables para nosotros, sino como una tendencia indicadora.
Debemos tender al extremo de la calidad y tender a fijar esta calidad en los límites de la variación más restringida posible.
Los problemas son los mismos, pero debemos resolverlos con medios diferentes.
El que ha dado más luz sobre la cuestión es un sabio belga: Quetelet.
El Larousse, dice: “Jacques Quetelet, matemático y estadista belga, nacido en Gand (1796-1874)”.
Ya véis que no es de ayer que se han ocupado de estas cuestiones, y todos los ensayos hechos hasta la fecha han confirmado la exactitud de las leyes biométricas de Quetelet.
El final os dice de lo que se trata: medir las variaciones biológicas de los individuos que forman parte de un mismo grupo, de una misma variedad.
Cuando juzgáis o seleccionáis sobre caracteres determinados o cualquiera que sean, hacéis biometría sin saberlo, al igual que el señor Jourdain hacía prosa sin saberlo.
Quetelet estableció este hecho capital; las oscilaciones que miden la separación de los caracteres fluctuantes de un valor medio característico de la población, obedecen a la ley matemática de las desviaciones.
Y añade, la frecuencia de las desviaciones va ligada a su intensidad.
Para nosotros esto significa que siempre hay variaciones, y que éstas son más numerosas cuando los caracteres extremos están más alejados.
Para los iniciados, las variaciones se hacen según los coeficientes numéricos del desarrollo del binomio (a + b) = n., donde n. es el número de clases en las cuales el observador reparte los individuos.
Y para los no iniciados les basta saber que el desarrollo de este binomio forma una serie creciente y decreciente.
Si tomáis un carácter alar como, por ejemplo, el largo del antebrazo, sabéis que miles de observaciones han precisado que el carácter varía, para la variedad paloma mensajera, entre cinco y ocho centímetros.
La variación será tanto mayor en la descendencia cuanto más cerca sean de los dos extremos, los términos acoplados.
La variación tendrá más amplitud si acoplan cinco y ocho centímetros que si acoplan seis y siete y mejor cinco y seis.
Podríamos decir si se quisiera que el colombófilo debe hacer consanguinidad de carácter sin cuidarse del parentesco.
Tender, en fin, hacia la Cultura Pura.

CHARLES VANDERSCHELDEN